POST-MORTEM

POST-MORTEM

Author:Cornwell, Patricia D. [Cornwell, Patricia D.]
Language: es
Format: mobi
Published: 2008-07-29T23:00:00+00:00


9

La Luna parecía un lechoso globo de cristal a través de las copas de los árboles, mientras yo circulaba por las calles de mi tranquilo barrio.

Las lujuriantes ramas de la vegetación semejaban negras sombras que bordearan las calles, y la calzada manchada de mica brillaba bajo el haz luminoso de mis faros delanteros. La atmósfera era clara y templada, ideal para los descapotables y las ventanillas abiertas. Pero yo conducía con las portezuelas y las ventanillas cerradas y el ventilador al mínimo.

La misma noche que antaño me hubiera parecido deliciosa ahora se me antojaba inquietante.

Veía las imágenes de la víspera con la misma claridad con que estaba viendo la Luna. Me perseguían y no me soltaban. Veía aquellas casas de aspecto normal en zonas de la ciudad sin ninguna relación entre sí. ¿Cómo las había elegido? ¿Y por qué? No era una casualidad. Estaba firmemente convencida. Tenía que haber algún elemento común. Recordaba constantemente el brillante residuo que habíamos encontrado en los cuerpos. Sin tener ninguna prueba en la que apoyarme, estaba completamente segura de que aquel brillo era el eslabón perdido que relacionaba a las víctimas entre sí.

Mi intuición me llevaba hasta allí. Cuando trataba de seguir adelante, se me quedaba la mente en blanco. ¿Sería aquel brillo la clave que nos conduciría al lugar donde él vivía? ¿Tendría relación con alguna profesión o con alguna actividad recreativa que le permitía establecer el contacto inicial con las mujeres a las que posteriormente asesinaba? O, cosa todavía más extraña, ¿acaso el residuo era algo propio de las mujeres?

A lo mejor, era algo que las víctimas tenían en su casa... o llevaban en su propia persona o su lugar de trabajo. A lo mejor, era algo que le compraban a él. Sólo Dios lo sabía. No podíamos someter a prueba cualquier cosa que hubiera en el domicilio de una persona o en su lugar de trabajo o cualquier otro sitio que visitara a menudo, sobre todo sin tener ni idea de lo que andábamos buscando.

Me adentré en la calzada particular de mi casa.

Antes de que aparcara el vehículo, Bertha abrió la puerta. La vi bajo la luz del porche con los brazos en jarras y la correa del bolso enrollada alrededor de una muñeca. Sabía lo que eso significaba... tenía prisa por marcharse. No quería ni pensar en lo que Lucy habría estado haciendo aquel día.

—¿Y bien? —pregunté al llegar a la puerta.

Bertha empezó a sacudir la cabeza.

—Terrible, doctora Kay. Esta niña. ¡Ay, ay, ay! No sé qué demonios le ha pasado. Se ha portado mal, pero que muy mal.

Me sentía tremendamente cansada. Lucy me estaba agotando la paciencia. Pero la culpa era en buena parte mía. No la había tratado bien. O tal vez no la había tratado y punto. Era la mejor manera de describir el problema.

Como no estaba acostumbrada a enfrentarme con los niños con la misma franqueza y brusquedad con que solía enfrentarme impunemente a los mayores, no le había preguntado nada sobre la posible profanación del ordenador y ni siquiera se lo había comentado.



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