(Misterios De Hawkenlye 03) La posada de la muerte

(Misterios De Hawkenlye 03) La posada de la muerte

Author:Alys Clare
Language: es
Format: mobi
Tags: Novela Histórica
Published: 2010-12-30T23:00:00+00:00


Le resultó fácil, puesto que en numerosas ocasiones había enseñado el recinto.

Bueno, no tan fácil, ya que dos temas la angustiaban y tuvo que ejercer todo su autocontrol para que no se le notaran ni en la actitud ni en la voz.

Empezó con los almacenes y las cuadras.

—... éstas son las cuadras, que, como veis, sor Marta mantiene impecables.

Sor Marta, que a todas luces se había enterado de qué ocurría, daba la impresión de querer una excusa para poder encajarle a Denys de Courtenay la horca que llevaba en las manos.

Éste echó un vistazo a cada uno de los cuatro compartimentos.

—¿No tenéis caballos?

Tras pedir permiso con la mirada a la abadesa, sor Marta respondió:

—Tenemos una jaca y un poni; animales corrientes, pero fuertes. Hoy los hemos dejado sueltos para que tomen el sol.

—¿Dónde?

La hermana le lanzó una mirada normalmente reservada para un montón de basura, lo llevó fuera y señaló camino abajo. Desde las cuadras, Helewise lo vio asentir.

Si esperaba ver el caballo de Josse o la clase de elegante montura que usarían una dama y su hijo, sin duda se había desilusionado.

—Sigamos —ordenó el hombre al regresar al lado de Helewise.

Ella le obedeció con humildad y se dirigió hacia el herbario.

—Delante veréis dónde plantamos las verduras y las especias —y le ofreció una conferencia sobre las diferentes especias y sus usos, inventándose la mitad mientras hablaba—. Y a vuestra izquierda... —sacó una mano de la manga del brazo opuesto y la agitó— está el dormitorio donde duermen todas las hermanas, excepto las vírgenes.

—Quiero verlo.

Helewise dudó y acabó por asentir. Desanduvo el camino hacia la entrada del dormitorio. Aguardó en el umbral mientras él lo recorría y regresaba. ¿Se lo había imaginado o es que su apuesto rostro se había sonrojado por el bochorno?

Lo llevó de vuelta al herbario, siguió andando y se detuvo. Empezaba a divertirse.

—Más adelante —explicó con cierto histrionismo— está la leprosería.

Lo sintió retroceder involuntariamente, cosa que solía hacer todo el mundo, y mascullar algo entre dientes.

—¿Queréis entrar? No os acompañaré, pero, naturalmente, podéis ir si lo deseáis.

—¿Quién..., quién vive allí?

—Tres de mis monjas residen allí. Así han elegido dedicar sus vidas al servicio de Dios. La población leprosa fluctúa. De momento hay siete.

—Siete —repitió él, en voz muy queda.

Helewise no pronunció el discurso que solía pronunciar en este punto, asegurando al visitante que estaba perfectamente a salvo, que no corría más peligro de contagiarse que en el mundo fuera de los muros de la abadía, puesto que los leprosos y sus tres cuidadoras llevaban una vida muy apartada de la comunidad.

¡Que se preocupara!

—¿Deseáis entrar?

Hizo ademán de abrir la pequeña puerta; se la estaba jugando, pues sabía que la puerta estaba cerrada y atrancada desde dentro y casi nunca se había abierto desde que se había construido la abadía.

—¡No! —exclamó Courtenay y, ya más calmado, agregó—: No, no quisiera molestar a los enfermos.

—Muy loable —afirmó la abadesa y él le lanzó una rápida mirada, pero la cofia le ocultaba el rostro.

Pasaron la leprosería y se pararon en la entrada de la casa de las vírgenes.



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