La forma del agua by Andrea Camilleri

La forma del agua by Andrea Camilleri

Author:Andrea Camilleri
Language: eng
Format: mobi
Tags: Policial, Montalbano
Published: 1994-01-01T05:00:00+00:00


Llegó al aprisco sobre las dos, y no había ni un alma. La puerta de hierro tenía la cerradura con sal y herrumbre incrustadas, pero ya lo había previsto y llevaba un aerosol de aceite lubrificante para armas de fuego. Mientras esperaba a que hiciera efecto el aceite, regresó al coche y encendió la radio.

El funeral —decía el comentarista de la emisora local— había alcanzado tales niveles de emoción que, en determinado momento, la viuda estuvo a punto de desmayarse y la tuvieron que sacar en brazos del templo. Para los discursos fúnebres, se había seguido el siguiente orden: el obispo, el subsecretario nacional del partido, el secretario regional y, a título personal, el ministro Pellicano, amigo del difunto. En el exterior de la catedral, una muchedumbre de por lo menos dos mil personas esperaba la salida del féretro para prorrumpir en un cálido y conmovido aplauso.

«Lo de cálido me parece muy bien, pero ¿cómo se conmueve un aplauso?», se preguntó Montalbano. Apagó la radio y fue a probar la llave. Giraba en la cerradura, pero parecía que la puerta estuviera anclada en el suelo. La empujó con un hombro y, finalmente, consiguió abrir un resquicio por el que pudo pasar con dificultad. La puerta estaba obstruida por cascotes, trozos de hierro y arena. Era evidente que el vigilante llevaba años sin aparecer por allí. Observó que los muros del perímetro eran dos: el de protección, con la puerta de entrada, y una vieja cerca semiderruida que debía de rodear toda la fábrica cuando ésta aún funcionaba. A través de los huecos del segundo muro se veían maquinarias oxidadas, gruesos tubos rectos o en espiral, alambiques gigantescos, andamiajes de hierro con grandes desperfectos, armazones suspendidos en absurdos equilibrios, torretas de acero que asomaban con ilógicas inclinaciones... Y, por todas partes, pavimentos destrozados, techos reventados, anchos espacios otrora cubiertos por estructuras de hierro que ahora se veían rotas a intervalos y a punto de desmoronarse sobre el suelo, donde ya no había nada, excepto una capa de maltrecho cemento por cuyas grietas asomaban unas amarillentas hierbas. Inmóvil en la crujía formada por los dos muros, Montalbano contempló el espectáculo como hechizado. Si ya le gustaba la fábrica por fuera, vista por dentro le entusiasmaba, y lamentó no haber llevado consigo la cámara fotográfica. Le llamó la atención un apagado y constante sonido, una especie de vibración sonora que parecía surgir del interior de la fábrica.

—¿Qué es lo que está funcionando ahí dentro? —se preguntó con recelo.

Creyó conveniente salir, ir al coche y coger la pistola que había dejado en la guantera. Casi nunca la llevaba encima, pues le molestaba el peso del arma, que, además, le deformaba los pantalones y las chaquetas. Cuando entró de nuevo en la fábrica, volvió a escuchar el sonido y se dirigió cautelosamente hacia el lado contrario por el que había entrado. El dibujo que le había hecho Saro era extremadamente detallado y le servía de guía. El sonido era como el zumbido que a veces



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