Yo, Judas by Taylor Caldwell

Yo, Judas by Taylor Caldwell

Author:Taylor Caldwell
Language: es
Format: mobi
Tags: Novela Histórica
ISBN: 9788496231948
Publisher: Maeva Ediciones
Published: 2007-01-01T00:00:00+00:00


Capítulo 10.

Maria Magdalena.

Jesús disfrutaba estando con las mujeres, y ellas con él. Le gustaba la dulzura de las voces femeninas y sus modales amables. Había algo secreto en el carácter femenino que atraía su sentido de 10 místico. Quizá por su intimidad con su santa Madre asociaba a todas las mujeres con ella en su ideal de la castidad y la virtud. Aunque esto era contrario a las costumbres, mostraba el mismo respeto a las mujeres que a los hombres. Sus necesidades y funciones eran distintas, pero su humanidad era la misma, y él les demostraba idéntica consideración.

—En realidad les debemos más —decía— puesto que son inferiores ante la ley. No pueden sentarse en la sinagoga con los hombres, han de caminar tras ellos por la calle y no tienen derechos ante el tribunal. Ní siquiera cuentan con la seguridad en el matrimonío, y de ahí su desamparo, ya que las profesiones les están prohíbidas.

Se oponía rígídamente a las reglas de moral que exigían más de las mujeres que de los hombres. Y aborrecía la antigua práctica de lapidar en la plaza pública por sus pecados a las más degradadas.

—¿Acaso su degradación no les supone ya bastante cruz?

Todos menos Juan habían dejado a alguna mujer amada para seguirle, de modo que parecía que él deseara que tuviéramos conciencia de la importancia de nuestra pérdida al exaltar a las mujeres.

No rechazó esta sugerencia.

—Cuanto más generosos seáis al dar, más ganaréis.

Pedro, como de costumbre, se mostró el más tardo de entendimiento.

—¿Por qué era necesario, Señor, abandonar a nuestras familias?

Agitó la cabeza con burlón asombro.

—Pedro, al que he llamado la Piedra, no lo comprende. ¿No recuerdas el recado que enyié a mi propia madre y mis hermanos cuando me esperaban ante la puerta?

—Dijiste que no tenías familia.

—Dije que mi familia era el mundo.

Tomás, siempre —el escéptico, acogió esto con un fruncimiento de cejas.

—Pero ¿no son nuestras esposas e hijos de este mundo también?

—No más que los otros, sin embargo, ya que tú has elegido conducir a todos con igualdad al Reino de los Cielos. Pues, como he dicho muchas veces no es posible servir a dos señores. El amor de la familia; aunque es delicioso, por fuerza influiría en el amor con que hemos de tratar a todos en nombre de Dios.

En mi estado actual,,la visión del rostro y formas encantadoras de Raquel surgió tentador en mi mente.

—¿ No podemos,aferrarnos de algún modo al amor por una mujer y servir sin embargo al mundo en general?

Me miró con gravedad.

—Tú. Judas, querrías ser capitán de hombres. ¿A quién considerarías el más valiente: al soldado con esposa e hijos en los que pensar, o al soltero, cuyo ser está totalmente consagrado a la causa?

Incluso en los ojos de Pedro se vio la luz de la comprensión, y yo asentí en silencio.

Pero ¿cómo vence un hombre la fiebre que le persigue cuando busca en vano el sueño? Yo no era un esenio como el Bautista, con promesa de celibato perpetuo, ni estaba totalmente entregado, como el Maestro, a la vida, de los demás.



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