(Reavley 05) No Dormiremos by Anne Perry

(Reavley 05) No Dormiremos by Anne Perry

Author:Anne Perry
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_history
ISBN: 9788466638920
Publisher: Ediciones B, S.A.
Published: 2009-01-01T00:00:00+00:00


* * *

Aquella noche Judith libraba y durmió en el suelo de una de las salas externas del hospital hasta las cuatro de la madrugada, hora en que llegaron los primeros heridos. Estaban a una considerable distancia del combate dado que éste avanzaba hacia el este dirigiéndose a la frontera alemana, y había otros puestos de socorro mucho más cerca del frente. Aquellos hombres no eran sino los que no podían ser atendidos allí.

Trabajó echando una mano a los auxiliares, llevando camillas, ayudando a quienes podían caminar un poco a ir de la ambulancia a la sala de espera o de ésta al quirófano.

Hacia la seis lo peor terminó. Se tomó un tazón de té caliente y un mendrugo de pan reseco; luego fue a ayudar a las enfermeras. No tenía la formación adecuada, pero al menos podía llevar y traer cosas para ellas, también podía realizar las tareas más sencillas. Estaba dispuesta a hacer compañía, con semblante sereno y voz dulce, a aquellos que ya no podían recibir un tratamiento eficaz. Le constaba que Joseph lo hacía con mucha frecuencia. Era muy poca cosa, pero ningún hombre joven debería enfrentarse a solas a la oscuridad final, pasando inadvertido y sin que nadie le manifestara su apoyo y preocupación.

Hacia las ocho estaba compartiendo unas raciones con Lizzie e intentando pensar qué preguntas hacer para desenmascarar las mentiras que pintaban a Schenckendorff como un asesino. Se negaba a aceptar que no hubiera ningún cabo suelto, nadie que supiera algo que finalmente lo aclarara todo.

Moira Jessop se reunió con ellas. Se sentó en un caja vacía sosteniendo su tazón con ambas manos.

—Dentro de un mes podríamos estar todos en casa —dijo alegremente—. Comiendo comida de verdad. Dándonos un baño y durmiendo entre sábanas. Me encantaría sentirme limpia —concluyó poniendo cara de asco. Lizzie respondió con una sonrisa triste—. ¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Moira jocosa—. Al menos ahora sabemos que fue un maldito alemán quien mató a la pobre Sarah, y no uno de los nuestros. Ya no tenemos que mirarnos de reojo unos a otros. Ni ir por ahí disimulando el miedo. ¡Y no me vengas con que la mitad de nosotros no lo hacíamos!

Lizzie tragó con dificultad pero, habida cuenta de lo duro que estaba el pan, tampoco era de extrañar.

—La mitad de nosotros tenía miedo de que resultara ser alguien a quien conocíamos bien o que nos gustaba mucho —dijo Lizzie sin mirar a ninguna de las dos.

—¿En serio? —Moira abrió mucho los ojos—. ¿Y a ti quién te gusta?

Lizzie negó con la cabeza.

—Estaba generalizando.

Judith la miró, y no sólo su cara sino el ángulo de sus hombros y su torso, la ligera falta de soltura en el modo de sentarse en la caja de munición, como si le costara trabajo mantener el equilibrio. Ella no sabía que Schenckendorff era importante; seguramente ni siquiera había oído su nombre antes de que las pruebas lo implicaran en el crimen. ¿Por qué no estaba aliviada como todos los demás? Seguro que no era porque creyera saber algo ni porque sospechara de alguno de sus propios hombres.



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