UN GRITO AL CIELO

UN GRITO AL CIELO

Author:Anne Rice
Language: es
Format: mobi
Tags: love_erotica
Published: 2009-08-17T23:00:00+00:00


Capítulo 13

Pasaron diez horas antes de que Tonio abriera de nuevo las puertas del estudio de su padre. La clara luz del sol de la mañana lo envolvía mientras cruzaba el gran salón, camino de la puerta principal del palazzo.

Su padre le había dicho que saliera, que estuviese un rato en la piazza, que contemplase el espectáculo diario de los grandes estadistas entrando y saliendo del Broglio. Y en aquellos momentos, eso era lo que Tonio más deseaba. Lo rodeaba un delicioso silencio que ningún desconocido podía atreverse a romper.

Al llegar al pequeño embarcadero situado delante de la entrada, llamó a un gondolero que pasaba por allí y se dirigió a la piazzeta.

Era la víspera de la Senza y había más gente que nunca, los hombres de estado, formando en una larga hilera ante el palazzo ducale, recibían respetuosos besos en sus amplias mangas, mientras se hacían ceremoniosas reverencias los unos a los otros.

Tonio no reparó demasiado en el hecho de que estaba solo y era libre, puesto que aquello ya no tenía el mismo significado.

El relato que su padre le había contado estaba lleno de emociones, bañado con sangre de realidad y una inmensa tristeza. Y la historia de los Treschi formaba parte de él.

Cuando era niño, Tonio pensaba que Venecia era una gran potencia europea. Había crecido con la convicción de que la Serenísima constituía el gobierno más antiguo y sólido de Italia. En su mente, las palabras imperio, Candia, Morea estaban ligadas a batallas gloriosas y remotas.

Pero durante aquella larga noche, el estado veneciano se había vuelto decrépito, decadente, se tambaleaba en sus cimientos, casi se desmoronaba, para convertirse en una insigne y resplandeciente ruina. En 1645 se había perdido Candia, y las guerras en las que Andrea y sus hijos habían luchado no lograron recuperarla. En 1718 Venecia fue expulsada para siempre de la península de Morea.

En realidad, no quedaba nada del imperio, excepto la propia ciudad y los territorios en tierra firme que la rodeaban. Padua, Verona, pequeñas poblaciones, la gran franja poblada de espléndidas villas junto al río Brenta.

Sus embajadores ya no ejercían una influencia decisiva en las cortes de otros países, y los diplomáticos enviados a Venecia se dedicaban más a la vida frívola que a la política.

Era el gran rectángulo de la piazza, atestado de bacchanalia de carnaval en tres diferentes períodos del año, lo que los atraía. El espectáculo de las negrísimas góndolas que brillaban en las calles inundadas, la incalculable riqueza y belleza de San Marco, las cantantes huérfanas de la Pietá. La Ópera, la pintura, los gondoleros que cantaban en verso, los candelabros de las cristalerías de Murano.

Eso era Venecia entonces, su atractivo, su poder. Todo lo que Tonio había amado desde que tenía uso de razón, nada más.

Sin embargo, era su ciudad, su estado. Su padre se la había legado. Sus antepasados se hallaban entre esos oscuros protagonistas de episodios heroicos que se habían aventurado por primera vez en esas brumosas marismas. Los Treschi habían labrado su fortuna mediante el comercio con Oriente, al igual que otras grandes familias venecianas.



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