Los rebeldes de Filadelfia(c.1) by David Liss

Los rebeldes de Filadelfia(c.1) by David Liss

Author:David Liss
Language: es
Format: mobi
Published: 2012-01-21T12:08:17.319541+00:00


Capítulo 22

Joan Maycott

Primavera de 1791

Hubo días perdidos. No me disculpo por esa debilidad aunque cuando volvió a mí un asomo de claridad, cuando escapé de la niebla más espesa de la aflicción, me prometí que nunca más, bajo ningún concepto, cedería a una enajenación semejante. Transcurrieron unos días en que mis enemigos comieron y durmieron y prosperaron y avanzaron hacia sus objetivos, mientras yo no hacía nada y, con ello, los ayudaba, pues así son las cosas cuando una se enfrenta a hombres malvados. Una debe resistir o, en la medida que sea, estará colaborando con ellos.

El día siguiente a su asesinato, enterramos a Andrew en el cementerio de la iglesia. En cuanto a Hendry, varios hombres del asentamiento llevaron el cuerpo a la ciudad y, sin ceremonias, lo arrojaron al fango de Pittsburgh, como se merecía. El contraste entre los dos no me produjo ninguna satisfacción. Después del funeral de Andrew, mis amigos me condujeron a la remota cabaña de caza que compartían los hombres del lugar. Me dijeron que era importante que no me quedara en mi casa, pues había sufrido daños en el incendio, aunque no había quedado destruida. Yo estaba demasiado sumida en mi propia confusión como para inquirir por los detalles.

Al principio, mi pena era tal que me sentía como si estuviera dormida con los ojos abiertos, viendo todo lo que sucedía alrededor sin entenderlo. Por fin, al cabo de varios días, empecé a salir de aquella primera etapa de afligido aturdimiento, aunque lo que vino a continuación resultó mucho peor, pues empecé a comprender la enormidad de lo que me había sido arrebatado. Había perdido a mi Andrew, había perdido a nuestro hijo, había perdido mi trabajo, mi casa y mi objetivo en la vida. No quedaba en todo el universo nada que me importase. Era como si hubiese aparecido una mano enorme y hubiera barrido todo lo que alguna vez me había dado motivo para la satisfacción.

Poco más pude hacer que llorar y llevarme las rodillas al pecho y lamentarme. Dalton y Skye, por motivos que todavía no alcanzaba a entender, pasaban largos períodos en la cabaña de caza. El irlandés, cuando no andaba cazando, paseaba de un lado a otro de la cabaña jurando vengarse, con los puños apretados y arrancando pellizcos de la pastilla de tabaco de mascar como si desgarrase pedazos de carne de Tindall. El señor Skye, con su carácter mucho más discreto, se sentaba a mi lado y se esforzaba continuamente por darme de comer caldo de venado y bocados de pan de maíz con mantequilla. Gracias a sus esfuerzos, no morí de inanición.

Cuando el señor Skye estaba demasiado cansado o inquieto para atenderme, Jericho Richmond ocupaba su lugar. Su callada compañía me reconfortaba, pero también advertí cierta sombra en su mirada. Sus ojos pensativos de color madera me contemplaban con pena, sí, pero también con algo más.

En una ocasión, me volví hacia él y dije:

— Ahora estoy muerta. Lo he perdido todo.

— No está muerta — respondió— .



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