Los Profanadores Del Amor by Harold Robbins

Los Profanadores Del Amor by Harold Robbins

Author:Harold Robbins
Language: es
Format: mobi
Publisher: LUIS DE CARALT
Published: 1964-12-31T23:00:00+00:00


CUARTA PARTE

LA PARTE DEL LIBRO QUE SE REFIERE A DANI

I

Cuando Dani era todavía muy niña y tenía miedo de la oscuridad solía mirarme desde su camita y decirme con una vocecita trémula.

—Papaíto, por favor, apaga la noche.

Yo encendía una lámpara diminuta y sólo entonces cerraba los ojos y se dormía, segura y a salvo en su pequeño mundo familiar.

¡Si hubiese podido hacer ahora lo mismo! Que con sólo encender una lamparita sacara a mi hija de las tinieblas de la noche. Pero aquel jurado había hecho lo necesario para que no se produjese el milagro de la lamparita que apagaba la noche.

Observé cómo Gordon subía a su coche y se alejaba. Me volví para mirar el edificio que acababa de abandonar. Luego me encaminé al estacionamiento situado en Golden Gate Avenue, en donde había dejado mi coche.

No sé por qué me puse a rememorar el viejo estribillo infantil. Humpty Dumpty subió a la azoteilla. Humpty Dumpty se cayó de coronilla.

Me di cuenta por primera vez cómo debieron de sentirse los hombres del rey cuando no pudieron juntar los pedazos del pobre Humpty Dumpty. Como mentecatos que eran. En primer lugar no hubieran debido dejarle que subiera a la azoteilla. Me apliqué a mí mismo el cuento. Debí de haber evitado que Dani se cayera.

Tal vez tuviera yo la culpa de su caída. Recordé nuestra entrevista, el día anterior, en el pequeño cuarto del Departamento Tutelar y mis esfuerzos para explicarle por qué no pude ir a verla. Recuerdo también el efecto que me produjeron mis propias palabras. Aunque expresaran la pura verdad tenía que reconocer que sonaban a falso.

Y Dani era todavía una niña, pese al cigarrillo que tan expertamente fumaba. ¿Qué fue lo que creyó? No sé decirlo. Lo que sí sé decir es que quería creerme, que quería confiar en mí. Pero también intuía la sombra de una duda. Ya la había abandonado una vez y también podría abandonarla ahora.

Era sólo uña sombra, pero estaba allí, acechando sus pensamientos, sus acciones. Era demasiado mayor para hablarme de ella y demasiado pequeña para ocultármela. Eran tantas las cosas que debíamos decirnos, tantas las cosas que debíamos reaprender uno del otro, pero ya no teníamos tiempo.

Oprimidos por la angustia de no poder expresar cuanto queríamos, llegó la hora de la despedida. —Vendré mañana a verte.

—NO — dijo —. No se permiten visitas durante la semana. Pero te veré el martes. La señorita Spicer me dijo que ese día se celebrará una visita.

—Lo sé.

—¿Irá mamá?

Asentí.

—También tu abuela. Me incliné y la besé cariñosamente. —Pórtate bien y no te preocupes, muñeca. Repentinamente me ciñó el cuello con sus brazos. Mejilla contra mejilla, estrechamente, me confió en un susurro:

—Ahora no tengo ya miedo de nada. Ahora que has vuelto a casa.

Solamente cuando me vi fuera del edificio, bajo la luz del sol, me di cuenta de lo que había querido decir. Pero no había vuelto a la casa para quedarme en ella. Había venido de visita.

Eran las cuatro de la tardé cuando regresé al hotel.



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