Los celtas y sus mitos by Mariano Fontrodona

Los celtas y sus mitos by Mariano Fontrodona

Author:Mariano Fontrodona
Language: es
Format: mobi
Tags: Historia
Published: 2011-01-26T23:00:00+00:00


5. Religión y mitología célticas

El culto de la naturaleza por los celtas

Como afirma J. A. Mac Culloch[41], uno de los más notables investigadores de la cultura céltica, no tenemos otros datos escritos sobre la religión de los celtas que los proporcionados por los autores romanos. Sabido es que la mayor parte de tales datos se concretan a los galos, una rama de los pueblos célticos, y se hallan contenidos, principalmente, en el celebérrimo De bello gallico (La guerra de las Galias), de Julio César. Aunque también en Tácito, Virgilio y Lucano, entre otros, se encuentran noticias interesantes sobre el tema.

Gracias a estas fuentes romanas sabemos que los galos divinizaban, en cierto modo, los accidentes geográficos. Las cordilleras y las elevadas cumbres simbolizaban para ellos la majestad de los dioses. Reconocían carácter sagrado a las fuentes, manantiales y ríos, acaso intuyendo el papel básico del agua para la proliferación de toda clase de vida.

Los manantiales que brotan de la tierra les sugerían la idea de un animal mítico. En lengua céltica, el nombre de la diosa ecuestre Epona equivalía a «fuente del caballo» o «fuente caballuna». Y las fuentes termales eran consideradas como tenebrosas guaridas de dioses menores, genios y trasgos, cuyo mal talante hacia los pobres mortales se traslucía en las humaredas y el fétido olor de las solfataras A los saltos de agua y a los rápidos torrentes, se les daba nombres de animales sagrados o de héroes mitológicos.

Pero, por encima de todos los accidentes de la naturaleza, eran los bosques y las selvas los que mayor respeto, terror y adoración inspiraban a los galos en particular y en general a todas las tribus célticas.

Para estos pueblos, las grandes arboledas no podían ser otra cosa que la morada de los dioses. Su sombra les protegía y les reconfortaba. Celebraban sus asambleas sentados bajo troncos seculares, y allí administraban justicia y decidían sobre la paz o la guerra. Parece ser que, particularmente, el contacto físico con los robles y las encinas les infundía el valor necesario para entrar en combate, y el desprecio hacia la muerte, en lucha con los enemigos. La encina, sobre todo, les inspiraba tan gran veneración, que algunos autores, entre ellos Luciano, llegaron a considerar que dicho árbol era el dios supremo, el Zeus de los celtas.

Los lugares sagrados dedicados al culto (denominados por los celtas nemet o nemetum) eran precisamente los bosques frondosos, aunque a veces se practicaban ceremonias religiosas en terrenos pantanosos —que inspiraban a los celtas una extraña atracción—. También se consideraban lugares sagrados ciertas colinas, con algún arbolado, de no excesiva altura. Solían rodear estos sitios con empalizadas y vallas. En Uffingto (Berkshire, Inglaterra), hay restos de uno de estos santuarios, que data probablemente de la primera Edad del Hierro, y en el que puede verse un caballo blanco tallado magistralmente en el suelo calcáreo. Para los arqueólogos se trata de un dios tribal.

En Tara, en el condado de Meath, Irlanda, existe un santuario celta semejante. En cuanto a verdaderos templos, hechos



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