La Cultivadora De Rosas by Charlotte Link

La Cultivadora De Rosas by Charlotte Link

Author:Charlotte Link
Language: es
Format: mobi
Published: 2011-08-25T22:00:00+00:00


La noche le deparó alguna que otra sorpresa. Ya el propio aspecto de Maia cuando salió del baño, adonde había ido a vestirse, lo desconcertó. Ella solía llevar faldas demasiado cortas, escotes exagerados, zapatos de tacón alto, muchas joyas y kilos de maquillaje en la cara. Pero saltaba a la vista que había cambiado de estilo. Salió vestida con un pantalón azul marino y una blusa blanca de seda cerrada hasta arriba; no llevaba joyas, excepto unos pequeños pendientes de perlas y un brazalete de oro, y tampoco se tambaleaba sobre un par de peligrosos tacones. El lápiz de labios era muy discreto, al menos para su costumbre. Tenía un aspecto maduro y de señora, extraño, nuevo, y al mismo tiempo familiar.

«Madre mía-pensó—, la amo. Siempre la amaré.»

La idea lo asustó. No había tenido noticias de ella en tres meses, no la había llamado y había creído que podría olvidarla. Pero ahora comprendía que lo que sentía por ella estaba tan vivo como siempre. Nada había cambiado. Quizá incluso se había hecho más fuerte, viendo el aspecto que tenía esa noche. Estaba distinta.

No obstante, la desconfianza lo mantenía alerta. Conocía a Maia desde hacía años. Sabía que era interesada y lista cuando se trataba de sacar provecho. ¿Qué la había llevado a Londres? ¿Había ido por él? ¿O simplemente se sentía atraída por la gran ciudad y había acudido a él buscando alojamiento gratis?

—Estás muy guapa —dijo Alan.

Su respuesta fue un gracias en tono neutro. No pestañeó ni intentó encauzar la situación a su favor. Simplemente agregó:

—¿Vamos?

Alan asintió con la cabeza y salió tras ella con cierta perplejidad.

Le propuso ir a un pequeño restaurante italiano que quedaba cerca de allí, y ella se mostró enseguida de acuerdo; era la segunda sorpresa de la noche. A Maia le encantaban los sitios caros, mundanos y lujosos. Quería ver gente interesante y le gustaba que la vieran. Alan estaba seguro de que lo mínimo que debía de tener en mente era el Ritz.

En cambio, se conformó con el restaurante italiano, comió una modesta lasaña, bebió un poco de Pinot Grigio y renunció a los postres por las calorías. Habló de Guernsey, sin mencionar eventuales aventuras amorosas, y contó cosas de Mae, Beatrice y Helene.

—Esa mujer alemana vive otra vez con tu madre. ¿Cómo se llama?... Franca. La vi con Helene en St. Peter Port. La abuela dice que ha pensado quedarse una buena temporada. Parece que tiene problemas con su marido. ¿Tú sabes algo de ella?

—El año pasado me la encontré y la llevé a casa de mi madre. Había tenido un problema con su reserva de hotel. Conversamos un rato, pero no puedo decir que la conozca realmente.

Pensó en aquella mujer tímida y de poco espíritu, en su acento alemán y en sus bellos ojos, demasiado inseguros para haberlo fascinado de veras. Ella evitaba sus miradas, le recordaba a un venado asustado. Y se acordó de que en aquel momento se había preguntado qué le habrían hecho a aquella mujer para que tuviera tantos problemas.



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