El Salto Del Tigre by Victoria Holt

El Salto Del Tigre by Victoria Holt

Author:Victoria Holt
Language: es
Format: mobi
Published: 2011-11-27T23:00:00+00:00


El rescate

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Al final de la semana siguiente, Clinton dijo que tenía que ir a Colombo, donde le aguardaban varias reuniones con los consignatarios de buques; después tendría que dirigirse a Galle, en el sur de la isla, y seguidamente al norte, donde se hallaban las pesquerías de perlas. Estaría ausente unas dos semanas y como no quería que me quedara sola con los sirvientes, sugirió que entretanto permaneciera en casa de mi hermana.

A Clytie le encantó la idea. Dijo que de aquel modo me ahorraría los viajes de ida y vuelta entre las plantaciones Shaw y Ashington. Así que me despedí de Clinton y ella vino a recogerme junto con algunos vestidos y otras cosas que necesitaría. Hicimos el pequeño viaje en el coche de dos ruedas.

Mi habitación en casa de Clytie daba a los jardines y a los bosques que había más allá. Clytie había preparado un ancho jarrón de rosas de Güeldres para darme la bienvenida. No cesaba de decirme lo feliz que se sentía de tenerme bajo su techo.

No podía por menos de pensar si Clinton se veía aún con Anula u otras mujeres. Nunca estaría segura de él. La incertidumbre era la misma esencia de nuestras relaciones. No había en ellas seguridad, ni confianza.

Por algunos días, intenté olvidar a Clinton. Pasaba muchos ratos con Seth, momentos en que más aprendía sobre la plantación; y tenía largas conversaciones con Clytie, que se estaba convirtiendo en mi mejor amiga. Era maravilloso haber descubierto una hermana que, a pesar de sus comprensibles peculiaridades exóticas, se compenetrara tan bien conmigo.

Di una mirada alrededor de mi habitación con sus cortinas de algodón de Madras de colores claros, los inevitables mosquiteros en torno a la cama y la fina tela metálica en las ventanas, y la encontré bonita y acogedora. Estaba determinada a disfrutar de mi estancia en la plantación Ashington; cesé, pues, de hacerme preguntas sobre cómo invertiría Clinton su tiempo durante su ausencia. Después de mi encuentro con Anula y de haber discutido con él sobre sus relaciones extramatrimoniales (y de haber recibido una respuesta tan clara y directa), aquella separación temporal de Clinton me hizo ver la necesidad que tenía de un poco de tranquilidad de espíritu para poner en orden mis pensamientos. Clinton poseía por lo menos una virtud: la de que nunca intentaba mentir. Nunca andaba con rodeos como la mayoría de los hombres. «Anula fue mi querida durante varios años.» Lo dijo con toda la franqueza. Sin embargo, lo que yo quería saber era si aún seguía siéndolo. Después de haber visto a Anula y conociendo a Clinton, creía que podían volver fácilmente a sus antiguas relaciones.

Al menos disponía de aquellos momentos de respiro. Quizá cuando volviera yo habría llegado ya a alguna conclusión sobre la mejor manera de actuar.

Las mañanas las pasaba con Seth, cabalgando por la plantación, contemplando con orgullo aquella cosecha libre de plagas que tanto representaba para nosotros. Me gustaba ver a los recolectores trabajando con su cesto colgado sobre las espaldas.



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