Deseo by Elfriede Jelinek

Deseo by Elfriede Jelinek

Author:Elfriede Jelinek
Language: es
Format: mobi, epub
Published: 2010-02-01T23:00:00+00:00


10

Pueden descansar en paz y seguridad. Pero antes el sol, que apunta por entre las horquillas de sus cuerpos, tendría que arrojar su luz centelleante sobre ellos. ¡Pueden hacer cosas por las que merece la pena tener un cuerpo! Pueden bajar las defensas y penetrarse mutuamente en varios golpes de cadera. Su cara está como en el cielo, y antes de que, como los guepardos, lleguen de un par de saltos hasta la fuente de los poderosos, ya se han apareado muchas veces, polvo fugaz en un rayo de sol. Sí. ¿Para qué si no tenerse y cuidarse con agua y duchas de emociones, como si los fueran a canonizar? Para cada trocito de su cuerpo han hallado amor y respeto en su pareja. Igual que los campesinos subarrendados, que tienen locos a los capataces porque siempre se duermen en el trabajo, golpean a sus bestias, las degüellan y desuellan, como han visto hacer docenas de veces en su propia piel. Con botas de goma —los zapatos bonitos se quedan en casa de la mujer hermosa, que se lava las axilas sobre el lavabo—, el pequeño propietario sale del establo. La sangre de los conejos que los niños han amado gotea de las mangas de su chaqueta. Pero también este hombre, que se halla en el mundo para vivir, es a veces una figura amable tras un matorral, al que desde la pista de baile arrastra a una muchacha que casi no sabe de qué se defiende.

Pero para los que viven a la luz que se cuela por sus persianas, las cosas son muy distintas: se acomodan maravillosamente el uno al otro, incluso cuando dejan que el tiempo acaricie sus cuerpos; apenas se ve, el tiempo, esa crema solar de la creación en la que algunos, protegidos de los fuertes rayos, pueden conservarse cómoda y tranquilamente. El tiempo parece haber pasado sin dejar rastro por mujeres como esta que aparece en la foto, metida en el cajón en que su marido la ha guardado bien, para su disfrute.

Los grandes, que ya van a la escuela del beneficio, no hacen sino preocuparse por el sector público, que cuelga pesadamente de nuestros monederos como este director de las bolsas de leche de su esposa. Por parte de sus propietarios se le ha dado a entender que los consorcios, tan magníficos en su codicia como en su ira, gustarían de jugar con los habitantes del pueblo una partida de cartas sobre su vida. Los hijos de los postergados aprenden pronto por qué lado se unta su pan: ¡Siempre hay que tener bien juntas las finas rodajas de la guarnición! Para que a la Caja de Ahorros para la Construcción le merezca la pena desembolsar la superprima. Y quizá el director pueda jugar también, y cantar además.

Él tiene otras preocupaciones, porque nadie soporta la vida en solitario. Él lleva en lo alto la raya del pelo, y en lo bajo el vellón de sus genitales, que va a regalar a su mujer hasta que



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