ALASKA

ALASKA

Author:JAMES A. MICHENER
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-08-02T23:00:00+00:00


IV. LOS EXPLORADORES

El Día de Año Nuevo del 1723, un cosaco destinado en el puesto más oriental de Siberia, en la lejana ciudad de Yakutsk, ucraniano de origen y alto como un gigante, degolló al gobernador, el cual se había comportado como un tirano. Le arrestaron inmediatamente seis jóvenes oficiales, ya que tres no hubieran bastado para dominarlo, y le golpearon, le encadenaron con grilletes y le exhibieron atado a una columna del patio de armas, situado frente al río Lena. Allí, tras recibir diecinueve latigazos en la espalda desnuda, escuchó su sentencia:

—Trofim Zhdanko, cosaco al servicio del zar Pedro (cuya vida ilustre guarde el cielo), se os pondrán grilletes en los tobillos, se os trasladará a San Petersburgo y allí se os ahorcará.

El día siguiente, a las siete de la mañana, horas antes de que saliera el sol en aquella lejana latitud septentrional, partió una tropa de dieciséis soldados hacia la capital rusa, distante 6.500 kilómetros al oeste, y, al cabo de un arriesgado viaje de trescientos veinte días a través de las zonas deshabitadas y poco transitadas de Siberia y de la Rusia central, llegó a Vologda, que pasaba por ser un lugar civilizado, desde donde se adelantaron al galope unos veloces mensajeros para informar al zar de lo que le había ocurrido a su gobernador de Yakutsk. Seis días después, la tropa entregó al prisionero esposado a una húmeda prisión, donde le arrojaron a una mazmorra oscura.

—Lo sabemos todo sobre ti, prisionero Zhdanko —le informó el guardián—. El viernes por la mañana te cuelgan.

La noche siguiente, a las diez y media, un hombre todavía más alto e Imponente que el cosaco abandonó una casa magnífica situada junto al río Neva y se apresuró a subir a un carruaje que le aguardaba, tirado por dos caballos. Iba envuelto en pieles, pero no llevaba sombrero y el viento frío de noviembre agitaba su espesa cabellera. En cuanto se acomodó, se dispusieron delante y detrás del carruaje cuatro jinetes fuertemente armados, porque se trataba de Pedro Romanov, Zar de Todas las Rusias, a quien la historia recordaría como Pedro el Grande.

—A la cárcel de los muelles —ordenó—. ¿No te alegras de que no sea primavera? —gritó después el zar, inclinado hacia el cochero, que conducía Por los callejones helados—. Estas calles estarían llenas de barro.

—Si fuera primavera, sire —gritó a su vez el hombre, con evidente familiaridad—, no iríamos por estos callejones.

—No los llames callejones —le espetó el zar—. El año que viene los van a pavimentar.

Cuando el carruaje llegó a la prisión, que previsoramente Pedro había mandado construir cerca de los muelles, donde habría peleas entre los marineros de todas las naciones marítimas de Europa, el zar bajó de su carruaje sin dar tiempo a que su guardia formase, avanzó a grandes pasos hasta el portón, fuertemente atrancado, y lo golpeó ruidosamente. El vigilante que dormitaba en el interior tardó un minuto en poder acudir, quejoso, a la pequeña mirilla abierta en el centro del portalón.

—¿Quién arma tanto ruido a estas horas? —preguntó.



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