Historia De Roma(c.1)

Historia De Roma(c.1)

Author:Indro Montanelli
Language: es
Format: mobi
Published: 2010-02-22T00:00:00+00:00


CAPÍTULO XXV

LA CONQUISTA DE LAS GALIAS

Cuando César llegó, en 58, Francia era para los romanos tan sólo un nombre: Galia. No conocían más que sus provincias meridionales, las que habían sometido a vasallaje para asegurarse las comunicaciones terrestres con España. Lo que pudiera haber más al Norte, lo ignoraban.

Más al Norte no existía lo que hoy se llama una nación. Diseminadas por distintas regiones, vivían tribus de raza céltica que pasaban el tiempo hacién' dose la guerra entre sí. César, que entre otras cosas era un gran periodista y poseía el don de la observación, vio que cada una de esas tribus estaba dividida en tres clases: los nobles o caballeros, que tenían el monopolio del Ejército; los sacerdotes o druidas, que tenían el monopolio de la religión y de la instrucción; y el pueblo, que tenía el monopolio del hambre y del miedo. César creyó que para dominar a aquellas tribus bastaba con tenerlas divididas, y que para tenerlas divididas bastaba con oponer los caballeros a los caballeros. Cada uno, para pelear con otro, se llevaría consigo un pedazo de pueblo. Había un solo peligro: que los druidas se pusiesen de acuerdo entre ellos y constituyesen el centro espiritual de una unidad nacional. Y por esto era preciso tenerles a todos de parte de Roma.

César les tenía simpatía a los galos por dos razones; ante todo porque uno de ellos había sido preceptor suyo; y después, porque eran hermanos de sangre de los celtas del Piamonte y la Lombardía que Roma había sometido ya y que constituían su mejor infantería. Si lograba extender ese sometimiento a toda Francia, encontraría en ella una mina inagotable para sus ejércitos.

César no contaba con fuerzas suficientes para una guerra de conquista. Para aquel considerable territorio, sólo le habían dado cuatro legiones, menos de treinta mil hombres. Y precisamente en el momento en que asumía su mando, cuatrocientos mil helvecios se desparramaban desde Suiza sobre la Galia Narbonense, amenazando anegarla, y ciento treinta mil germanos cruzaban el Rin para reforzar en Flandes a su hermano de raza Ariovisto, que se había establecido allí tres años antes. Toda la Galia, aterrada, pidió protección a César quien, sin siquiera advertirlo al Senado, alistó a sus propias expensas otras cuatro legiones y conminó a Ariovisto a que viniese para discutir un convenio con él, Ariovisto rehusó, y César, para afianzar su prestigio a los ojos de sus nuevos súbditos, no tuvo más elección que la guerra contra aquél y contra los helvecios.

Fueron dos campañas temerarias y fulgurantes. Batidos, pese a su enorme superioridad numérica, los helvecios pidieron poder retirarse a su patria, lo que César les permitió con tal de que aceptasea el vasallaje a Roma. Los germanos fueron completamente aniquilados cerca de Ostheim. Ariovisto huyó, mas para morir poco después. El depravado y endeudado mujeriego se revelaba, en el campo de batalla, como un formidable general.

Aprovechando aquel éxito que dejó boquiabierta a toda la Galia, César le pidió que se uniera a él bajo su mando para protegerse en adelante de otras invasiones.



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