El tiempo de los lobos by Martin Cruz Smith

El tiempo de los lobos by Martin Cruz Smith

Author:Martin Cruz Smith
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-04-09T23:00:00+00:00


10

En general, los cuerpos de los muertos recientes flotan cabeza abajo en el agua, los brazos y piernas flojos un poco sumergidos. Éste, sin embargo, se hallaba suspendido contra las barras de la ensenada que llevaba agua del estanque de refrigeración a los estanques más pequeños de la estación. Todavía se necesitaba agua de emergencia; los reactores, llenos de combustible, más que inutilizados estaban en estado de hibernación.

Dos hombres con arpones trataban de acercar el cuerpo sin caerse al agua. El capitán Marchenko observaba desde la pared del estanque con un grupo de oficiales de la milicia inútiles pero curiosos, los hermanos Woropay al frente. Eva Kazka permanecía de pie junto a su automóvil, lo más lejos posible de la operación. Arkady notó que lucía, de ser posible, más salvaje y desarreglada que de costumbre. Lo más probable era que se hubiera ido a su casa y caído en un estupor de samogon. Por su parte, daba la impresión de estar sacando la misma conclusión con respecto a él.

Cuando Marchenko se acercó a Arkady, emergió de la superficie del agua una sombra que mostró una cabeza gris y brillante, de labios gomosos, luego volvió a deslizarse hacia el fondo para agitarse con otros bagres, aún más grandes.

El capitán dijo:

—Tomando en cuenta el mal tiempo que hizo ayer y las dimensiones del estanque de refrigeración, creo que estarás de acuerdo en que es prudente esperar antes de buscar un cuerpo. Por la forma en que circula el agua de los estanques, todo termina acá, en la ensenada. Ahora el asunto está en nuestras manos.

—Y ya son las diez de la mañana de un día después.

—Un pescador se cae del bote y se ahoga; en realidad no importa si lo encuentras un día o el siguiente.

—Como el árbol que cae en el bosque: ¿hace ruido?

—En el bosque se caen muchos árboles. Son lo que se dice muertes accidentales.

Arkady preguntó:

—¿La doctora Kazka es la única médica disponible?

—No podemos traer a los médicos de la estación. Lo único que tiene que hacer la doctora Kazka es firmar un certificado de defunción.

—¿No podrían llamar a un patólogo?

—Dicen que Kazka estuvo en Chechenia. Si es así, ha visto muchos cadáveres.

Eva Kazka sacó un cigarrillo. Arkady nunca había visto a una persona más nerviosa.

—A propósito, quería preguntarte... ¿Llegaste a averiguar de quién era el ícono que vimos que habían robado el otro día?

—Sí. Pertenecía a una pareja de ancianos, los Panasenko. De los que volvieron acá. La milicia lleva un registro. Entiendo que era un ícono precioso.

—Sí.

De modo que un ladrón en motocicleta había robado el ícono de Roman y María Panasenko, un delito registrado oficialmente, y sin embargo el ícono había vuelto a su rincón en la cabaña de los Panasenko. Lo cual, para Arkady, era lo contrario de un árbol que cae sin hacer ruido.

Desde la ensenada se veían las torres de enfriamiento a medio construir, que semejaban, con las malezas que crecían abajo y alrededor, los templos de una civilización inescrutable. Las torres estaban destinadas a los proyectados reactores Cinco y Seis.



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