La Rambla paralela by Fernando Vallejo

La Rambla paralela by Fernando Vallejo

Author:Fernando Vallejo
Language: es
Format: mobi
Tags: prose_contemporary
Published: 2011-09-21T22:00:00+00:00


"Pendejo" en México es una palabra vulgar pero en Colombia no tiene peso semántico, quiere decir bobito. La lengua va y viene, cambia, según los caprichos del viento y la altura de las montañas y Barcelona no daba para más. Una ciudad donde la gente sólo piensa en ayuntarse, en encontrar otra bestia para la cópula, se vuelve aburrida, repetitiva, monótona: como Bach. Hablaba en la feria, decía lo que fuera ¡y a volar! ¿Y que se murió el verbo oír? ¡Que se muriera! El idioma no es una roca inconmovible, es terrón que se desmorona, arenisca que se lleva el viento. En el cuarto de al lado, arrullándole el insomnio, una cama chirriaba indecentemente al ritmo de un apareamiento sincopado.

—¡Carajo, dejen dormir! —gritó el viejo dándole una patada a la pared—. ¡Pónganle vaselina a los goznes!

¡Cuáles goznes! Lo que había que aceitar eran los resortes del colchón. Goznes son los de las puertas. Pues por las mismas puertas de los mismos goznes en que nunca reparó, volvió a salir a la calle a sentir el calor de afuera para descansar del calor de adentro. En verano él pensaba mal por el calor, y en invierno por el frío. Ambos le atascaban los engranajes cerebrales. Le quedaban entonces del año unos cuantos días de la primavera y otros cuantos del otoño. ¿Valía la pena esperarlos? Él estaba graduado para funcionar a dieciocho grados centígrados o sesenta y cinco Fahrenheit.

¡Y esa sensación del presente como un monstruo devorador que se le estaba comiendo el pasado! Por cuidarse de los carros de la calle o por concentrarse en la caja fuerte del hotel dejaba de recordar un instante, otro instante, otro instante, y él sin recuerdos no era nadie, era un coco vacío, un muerto vivo con el mal de Alzheimer. ¿Que también tenía él?

—¡Dios libre y guarde, toco madera!

Y golpeaba sobre la mesa, que es la forma de llamar a los meseros en Colombia. ¡Pum pum!

Ipso facto se le desencadenaba un reflejo que acechaba en lo más hondo de lo más oscuro de su alma.

—¡Un aguardiente doble! —pidió.

—¿Un qué? No hay —repuso malhumorado el camarero.

—Entonces un anís del mono.

¡Qué recuerdos anisados los que le traía el aguardiente! Tan bellos pero tan horrorosos... Aguardiente de caña anisado, fiesta, machete, sangre, muerte. El aguardiente era el gran culpable del gran desastre de Colombia.

—Junto con la politiquería, maestro, y la Iglesia católica.

—Ah, eso sí. Ésa es la más grande plaga que tiene la humanidad. Hay que quemarlos en la hoguera aplicándoles su receta.

—¡Para qué, maestro! No gaste pólvora en gallinazos ni leña prendiendo hogueras que con este papa ella se acaba sola.

—Que Dios entonces nos lo conserve unos años.

Y volvía a tocar madera.

—¡Otro aguardiente doble, mesero! Perdón, otro anís del mono.

—Maestro: en España si usted golpea en la mesa para llamar, los camareros se ofenden.

—¡Ay, tan delicaditos!

Y perdiéndose en el vacío volvía a Colombia, la espléndida, donde nadie en su sano juicio se ofendía porque el prójimo tomara aguardiente. Lo más rescatable de Colombia eran sus vicios, pues por lo demás era un país vencido, fracasado, podrido.



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