La Hoguera De Las Vanidades by Tom Wolfe

La Hoguera De Las Vanidades by Tom Wolfe

Author:Tom Wolfe
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_history
Published: 2010-02-12T23:00:00+00:00


[18]. Mujeres veinteañeras o de treinta y muy pocos años, casi todas rubias (de ahí lo de «limón»), que eran las segundas, terceras, cuartas esposas o amantes con residencia compartida de hombres cuyas edades superaban los cuarenta, los cincuenta, los sesenta (y hasta los setenta) años, la clase de mujeres a las que los hombres llaman «chicas». Esta temporada las tartas de limón podían, sin atentar contra el buen gusto, lucir los privilegios naturales de su juventud mostrando al descubierto sus piernas desde muy por encima de la rodilla y marcando claramente la redondez de su culo (algo que ninguna de las radiografías poseía).

El tipo de mujer que no estaba representado en chez Bavardage era el de las que no son ni muy jóvenes ni muy viejas, las que ya han producido su primera capa de grasa subcutánea, las que relucen con una rotundidad rolliza y una tez sonrosada que, sin necesidad de palabras, cuenta toda una historia de vida hogareña y comida preparada para la vuelta del marido tras su jornada, y lectura en voz alta de cuentos infantiles, y conversaciones matrimoniales a la hora de acostarse... En pocas palabras, ninguna Madre era jamás invitada a esta clase de cenas.

Sherman se sintió atraído por un ramillete de arrobados rostros situados en primer plano del vestíbulo. Dos hombtes y una mujer de emanación impecable dirigían sus sonrisas a un voluminoso joven cuya frente estaba coronada por un indomable mechón muy tieso, a contracorriente del resto de su pelo rubio muy pálido... Le he visto en algún sitio... Pero ¿quién es...? ¡Bingo...! Otro rostro de la prensa. El Campesino de Oro, El Tenor del Copete. Sí, así le llamaban... Bobby Shaflett. Era un tenor recién contratado por la Metropolitan Opera, un ser insultantemente gordo que, sin que nadie supiera cómo, había emergido de alguno de los valles más altos de los Apalaches. No había revista ni diario que no sacara su foto últimamente. Mientras Sherman le miraba, el joven abrió su boca de par en par. Jao jao jao jao jao jao jao jao jao jao, estalló en una estruendosa carcajada de pajar, y los rostros sonrientes que le rodeaban brillaron incluso más, y con más arrobamiento.

Sherman alzó su mentón Yale, enderezó los hombros y la espalda, se elevó todo cuanto daba su estatura, y adoptó la Presencia, la presencia de un Nueva York más refinado y antiguo, el Nueva York de su padre, el León de Dunning Sponget.

Un mayordomo apareció como por arte de magia, y les preguntó a Sherman y a Judy qué querían beber. Judy pidió «agua con burbujas». (Decir Perrier o nombrar cualquier otra marca habría sido una horterada.) Sherman no quería beber nada. Pensaba mantenerse distante de todo lo relacionado con aquella gente, los Bavardage, empezando por sus bebidas alcohólicas. Pero la colmena empezaba a engullirle, y el copete del tenor campesino destacaba por encima de las cabezas.

—Un gin-and-tonic —dijo Sherman desde la altura de su eminente mentón.

Una mujercilla huesuda y enérgica salió de entre los grupos y se encaminó directamente hacia ellos.



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