De mujeres con hombres by Richard Ford

De mujeres con hombres by Richard Ford

Author:Richard Ford
Language: es
Format: mobi
Tags: Narrativa-Varios
Published: 2011-06-06T22:00:00+00:00


Nos quedamos sentados en el reservado unos diez minutos más, mientras los ayudantes y uno de los policías de autopistas seguían en la barra charlando. Pensé en ir a ver el sitio donde Barney había sido acribillado a balazos, pero no quería ir yo solo y tampoco quería pedirle a Doris que me acompañara. Así que, cuando llevábamos un rato allí sentados, Doris dijo:

—Creo que podemos irnos.

Se levantó y dobló su manta y la dejó sobre la mesa, y yo me levanté e hice lo mismo con la mía. Doris fue hasta la barra y recogió el dinero y el abrigo, y el bolso y las llaves. Los guantes de trabajo y el vino de Barney seguían en la barra, donde los había dejado, y entonces vi una botella de whisky de una pinta en el suelo, debajo del taburete donde había estado sentado Barney. Uno de los ayudantes recogía los cartuchos de escopeta vacíos, y le dijo algo a Doris y se echó a reír, y Doris dijo:

—Entré a tomar una copa, eso es todo. —Y se rió también.

Fui rápidamente hasta donde los hombres de las escopetas habían estado apuntando hacia el pasillo. Y lo que vi fue la puerta del servicio de caballeros desgajada de su bisagra superior, colgando sólo de la de abajo, y una luz muy viva que salía del interior a través del hueco abierto entre las jambas. Y nada más. Ni agujeros en la pared ni ninguna otra señal del tiroteo. Ni siquiera pude ver sangre, aunque estaba seguro de que tenía que haber sangre en alguna parte, pues la había visto en la sábana que cubría el cuerpo de Barney cuando lo sacaron en la camilla. No había rastro de nada; era como si nada hubiera sucedido.

Doris se acercaba a mí metiendo sus cosas en el bolso.

—Larguémonos de aquí —dijo, y me tiró del brazo.

Salimos del Oil City sin decir nada a nadie. Y una vez en la noche fría, vimos que no había dejado de nevar y que la nieve seguía cuajando sobre el asfalto.

En la calle los sonidos se percibían amortiguados, y me di cuenta de que empezaba a oír mejor. Al otro lado de la estación y de su zona de maniobras se veían las oscuras traseras de las tiendas de la calle principal, y a través de los callejones pude ver las luces colgantes navideñas y el gran letrero amarillo de un motel y las luces de los coches en movimiento. Oí los cláxones de los automóviles y la campana de la máquina de cambio de vagones repicando en la oscuridad. Había dos coches de policía aparcados ante la puerta del bar, con el motor al ralentí y los faros apagados, y en la otra acera, bajo la nieve, dos mujeres observaban atentamente la puerta para presenciar de cerca lo que pudiera venir después. Uno de los chicos que había visto en el drugstore cuando estuve comprando el reloj para mi madre, estaba hablando con las mujeres con las manos en los bolsillos de su cazadora.



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