(Familia Courtney 02) Retumba el trueno

(Familia Courtney 02) Retumba el trueno

Author:Wilbur Smith
Language: es
Format: mobi
Published: 2011-08-14T22:00:00+00:00


Inmediatamente un zumbido de comentarios corrió por la línea.

—Están tendiendo la ropa lavada.

—Los desgraciados quieren rendirse. Saben que los tenemos acorralados.

Sean trepó a la orilla y quitándose el sombrero hizo señas con él hacia el punto blanco que ondeaba en el acantilado. Entonces un hombre bajó a caballo. —Middag, menheer —lo saludó Sean. Sólo recibió un breve movimiento de cabeza en respuesta. Sean tomó el papel que le tendían.

Menheer.

Espero la llegada de mi cañón Hotchkiss en cualquier momento. Su posición es peligrosa. Sugiero que bajen las armas para evitar más matanzas.

J. P. Leroux, general.

Comando Wynberg.

Estaba escrito en un papel de envolver marrón, en holandés.

—Mis saludos al general, menheer, pero nos quedaremos aquí un poco más.

—Como deseen —asintió el bóer—, pero primero miren si alguno de ésos —indicó las figuras de color caqui desparramadas entre las mulas y caballos muertos— todavía vive. Y pueden también terminar con los animales heridos.

—Se lo agradecemos, menheer.

—Por supuesto no intentarán levantar armas ni municiones.

—Por supuesto.

El bóer se quedó con ellos mientras Eccles y una docena de hombres buscaban por el campo, mataban a los animales heridos y examinaban a los caídos. Encontraron un hombre vivo. El aire le silbaba suavemente por la tráquea herida y una espuma de burbujas sangrientas salía del agujero. En una manta lo llevaron al lecho del río.

—Once muertos, señor le informó Eccles a Sean.

—Eccles, en cuanto termine la tregua vamos a recuperar la otra Maxim y las dos cajas de municiones.

Estaban al lado del carrito y Sean inclinó la cabeza para indicar la forma metalizada del arma que se veía por debajo de la lona.

—Muy bien, señor.

—Quiero cuatro hombres listos justo al borde del río. Asegúrese de que cada hombre tenga un cuchillo para romper las cuerdas.

—Sí, señor. —Eccles sonreía como una morsa juguetona y se alejó hacia el río. Sean se acercó al bóer que iba a caballo.

—Hemos terminado, menheer.

Muy bien. En cuanto yo cruce la línea del horizonte por allí, comenzaremos de nuevo.

—De acuerdo. —Sean se encaminó al río, pasando entre los muertos. Ya estaban allí las moscas, verdes y metálicas, levantándose como un enjambre de abejas migratorias al pasar él, y luego volviéndose a posar.

Sean llegó hasta el río, y encontró a Saul agazapado al frente de un grupo de hombres desarmados. Detrás estaba un malhumorado Eccles, con el bigote colgando desilusionado. Inmediatamente Sean supo lo que había pasado, Saul había usado su rango superior para tomar el mando de los voluntarios.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —preguntó Sean, y Saul le contestó con una mirada obstinada.

»Te quedas donde estás, es una orden. —Se volvió a Eccles—. Tome el mando, sargento mayor. —Y Eccles sonrió.

No había tiempo para discutir. El bóer ya estaba en la mitad del acantilado. Sean levantó la voz y gritó a la larga línea de hombres apostados en la orilla:

—Escuchen todos. Ninguno debe disparar antes de que el enemigo lo haga. De ese modo puede ser que lo alarguemos un poco. —Luego, con tono más bajo al hablarle a Eccles—: No corran, caminen despreocupadamente.



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