Los papeles de Aspern by Henry James

Los papeles de Aspern by Henry James

Author:Henry James
Language: es
Format: mobi
Tags: Narrativa Variada
Published: 2011-03-05T23:00:00+00:00


II

Cuando salieron de almorzar, el general Fancourt se apoderó de Paul Overt y exclamó:

—Oiga, quiero que conozca a mi chica —como si se le acabara de ocurrir la idea y no hubiera hablado de eso antes. Con la otra mano tomó posesión de la joven y dijo—: Tú lo sabes todo sobre él. Te he visto con sus libros. Ella lo lee todo, ¡todo! —añadió hacia el joven.

La chica sonrió y luego rió hacia su padre. El general se marchó y su hija dijo:

—¿No es delicioso papá?

—Sí que lo es, señorita Fancourt.

—¡Como si yo le leyera a usted porque lo leo «todo»!

—Ah, no me refiero a que diga eso —dijo Paul Overt—. Me cayó bien desde el momento en que habló conmigo. Luego me prometió este privilegio.

—No es por usted por quien lo entiende así, sino por mí. Si se lisonjea usted creyendo que él piense en algo de este mundo que no sea yo, está usted equivocado. Me presenta a todo el mundo. Me cree insaciable.

—Habla usted como él —dijo Paul Overt, riendo.

—Ah, pero a veces quiero —replicó la muchacha, ruborizándose—. Yo no lo leo todo: leo muy poco. Pero le he leído a usted.

—¿Y si fuéramos a la galería? —dijo Paul Overt.

Le gustaba mucho, no tanto por su última observación (aunque desde luego no le era desagradable) cuanto porque, sentada enfrente de él en el almuerzo, le había dado media hora la impresión de su bello rostro. Algo más había recibido él con eso, una sensación de generosidad, de un entusiasmo que, a diferencia de muchos entusiasmos, no era todo maneras. Eso no se echó a perder con la circunstancia de que la comida la había vuelto a poner en contacto cercano con Henry St. George. Sentado éste junto a ella, también estaba enfrente de nuestro joven, quien pudo observar que multiplicaba esas atenciones que su mujer había hecho notar al general. Paul Overt había observado además que a esa señora no la alteraban en lo más mínimo esas demostraciones y que daba plena muestra de un espíritu sin nubes. Ella tenía a Lord Masham a un lado y al otro al dotado señor Mullinar, director del nuevo periódico de la tarde, vivaz y de alta clase, que se esperaba que satisfaciera la necesidad, sentida en círculos cada vez mayores, de que el conservadurismo se hiciera divertido, sin convencerse cuando los de otro color político les aseguraban que ya era bastante divertido. Al cabo de una hora pasada en compañía de ella. Paul Overt la consideraba aún más bonita de lo que le había parecido al principio, y si sus profanas alusiones al trabajo de su marido no hubieran seguido resonando en sus oídos, le habría gustado, en la medida en que cabía hablar de eso en relación con una mujer con la que todavía no había hablado, y con quien probablemente no hablaría nunca si dependía de ella. Las mujeres bonitas eran evidentemente necesarias para Henry St. George, y por el momento la señorita Fancourt era la más indispensable.



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