El Enigma de Cambises by Sussman Paul

El Enigma de Cambises by Sussman Paul

Author:Sussman, Paul [Sussman, Paul]
Format: epub
Tags: Paul Sussman
Published: 2010-01-07T23:42:54+00:00


150

Habibi, los objetos antiguos eran organismos vivos que transmitían señales que se comunicaban con él. Si uno sabía escuchar podían decirte muchas cosas. Pero en aquel caso, cuanto más escuchaba más perplejo estaba. Al estudiarlos por primera vez, mientras Jalifa se encontraba en su despacho, no reparó en nada fuera de lo común. Eran objetos más bien toscos, de diseño corriente, fáciles de fechar, similares a docenas de otros similares que se exhibían en el museo. Pero, al poco de haberse marchado Jalifa, empezó a tener dudas. No era por ninguna razón concreta, sino por el presentimiento de que, a pesar de su aspecto corriente, aquellos objetos trataban de decirle algo muy concreto.

—¿Qué quieres decirme? —preguntó en voz alta, examinando el peto con la lupa—. ¿Qué quieres que sepa?

En aquellos momentos no había en el despacho más luz que la de la lamparita de su mesa. De vez en cuando oía las pisadas de un vigilante de seguridad que hacía la ronda pero, por lo demás, el museo estaba sumido en el silencio. El humo azulado de su pipa flotaba por encima de su cabeza como una densa nube.

Habibi dejó a un lado el peto y cogió la daga, sujetándola por la hoja y examinándola a la luz. Se trataba de una daga muy corriente, de quince centímetros de hoja, de hierro, con unas toscas incrustaciones de bronce cerca de la punta y una tira de cuero enrollada a la empuñadura. Era una daga característica de la época. Había autentificado una casi exactamente igual hacía sólo unos meses. Apuró el jerez. El humo de la pipa oscureció por un momento el objeto que tenía delante. Al disiparse el humo, vio con claridad que una punta de la tira de cuero de la empuñadura estaba ligeramente levantada en la parte inferior de ésta. Le bastó tirar suavemente para que la tira empezara a desenrollarse.

Al principio pensó que no eran sino minúsculas rascaduras, pero al acercarla más a la luz y examinarlas con la lupa reparó en que las supuestas marcas eran signos alfabéticos. No eran persas ni egipcios, como habría podido esperar, sino griegos; una serie de minúsculas letras griegas inscritas en el metal de la empuñadura. AYMMAXOE

MENENAOY, Dimacos, hijo de Menendos. Parpadeó, perplejo, y musitó:

—De modo que éste es tu secreto, ¿eh?

Escribió las palabras en un bloc, las deletreó y comprobó una y otra vez para asegurarse de que las transcribía bien. Dejó la daga a un lado, se acercó el bloc y se retrepó en el sillón a examinar las palabras. «¿Dónde habré visto yo antes esto?», se preguntó.

Permaneció unos veinte minutos prácticamente inmóvil, mirando al vacío, alzando de vez en vez la copa de jerez e inclinándola hacia la boca, a sabiendas de que ya no quedaba gota por apurar. Y, de pronto, dejó el bloc a un lado, se levantó y fue hacia la librería del fondo del despacho, con paso sorprendentemente vivo para un hombre de su edad.

—¡Imposible! —exclamó—. ¡No puede ser!

Pasó el índice de la mano derecha por los lomos de los libros hasta dar con uno que estaba en el centro.



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