Despachos De Guerra by Michael Herr

Despachos De Guerra by Michael Herr

Author:Michael Herr
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_history
ISBN: 8433925474
Published: 1967-12-31T23:00:00+00:00


A veces, salías de la casamata, perdida ya la noción del tiempo, y te encontrabas con que fuera era de noche. Relumbraba el fondo de las colinas que rodeaban la hondonada de la base, pero nunca podías ver la fuente de la luz, y era como una ciudad de noche a la que te acercases de muy lejos. Caían por todas partes las luces de bengalas, alrededor de todo el perímetro, arrojando una luz blanca mortecina sobre la zona elevada que se alzaba de la parte llana. A veces eran docenas de luces alumbrando al tiempo y soltaban mucho humo, y lanzaban chispas al rojo blanco y era como si todo cuanto cayera dentro de su radio de acción quedara inmovilizado, como figuras de un juego de estatuas vivientes. Luego, la avalancha más tenue de los proyectiles de iluminación que disparaban los morteros de sesenta milímetros desde nuestro lado de la alambrada y que caían con brillo de magnesio sobre las trincheras del NVA unos segundos, perfilando la sombría y lisa extensión de los caobos, dando al paisaje una claridad espectral, y muriendo. Podías ver las andanadas de mortero, naranja y gris-humeante, sobre las copas de árboles situados a tres y cuatro kilómetros, y el martilleo más pesado de las bases de apoyo situadas más al este, por la Zona Desmilitarizada, desde Campamento Carrol y la Rockpile, dirigido contra supuestos movimientos de tropas enemigas o contra las posiciones de morteros y cohetes del NVA. De vez en cuando (creo que lo oí tres o cuatro veces en total) llegaba una segunda explosión, un impacto directo sobre una reserva de municiones del NVA. Y de noche era maravilloso. Incluso los proyectiles que caían sobre nosotros, sus fogonazos eran hermosos de noche, hermosos y profundamente aterradores.

Recuerdo que un piloto de un Phantom explicaba lo maravillosos que eran los proyectiles tierra-aire cuando avanzaban hacia su avión para matarle y yo, por mi parte, recuerdo que me parecían bellísimos los proyectiles trazadores del calibre 50, avanzando hacia ti cuando volabas de noche en un helicóptero, pausados y gráciles, arqueándose ágilmente, un sueño, ¿cómo podía hacerte daño aquello? Sentías una serenidad absoluta, una elevación que te emplazaba más allá de la muerte, pero nunca llegaba a durar mucho. Un impacto en cualquier parte del helicóptero te hacía volver a la realidad con los labios mordidos, los nudillos en blanco, y entonces sabías ya dónde estabas. Era distinto con los proyectiles que caían sobre Je Sanj. Pocas veces llegabas a verlos. Sabías, si oías uno, el primero, que estabas seguro, o al menos salvado. Si quedabas allí contemplándolos, te merecías todo lo que pudiera pasarte.

Los ataques aéreos y artilleros eran más intensos de noche, porque era entonces cuando sabíamos que el NVA había salido de sus escondrijos y avanzaba. De noche, podías tumbarte en unos sacos terreros y ver a los C-47 con Vulcans haciendo su trabajo. El C-47 era un vehículo aéreo de localización y apoyo normal, pero muchos llevaban ametralladoras de 20 y de



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