(Los Piratas De Las Antillas 03) La Reina De Los Caribes by Emilio Salgari

(Los Piratas De Las Antillas 03) La Reina De Los Caribes by Emilio Salgari

Author:Emilio Salgari
Language: es
Format: mobi
Published: 2011-05-28T22:00:00+00:00


[3]. Nuestros súbditos nunca habían probado semejante licor antes de la llegada de los españoles. Como puedes imaginar, señor, se precipitaron sobre aquellos recipientes, que contenían al embriaguez. El agua de fuego no se agotaba. De la casa flotante seguían llevándola con prodigalidad loca, y el pueblo, ignorante de la horrible traición, bebía, bebía sin cesar.

"Sólo mi padre y mis hermanos, recelosos, no habían querido beber, a pesar de las reiteradas instancias del hombre blanco. Cuando llegó la noche toda la tribu estaba ebria; guerreros, mujeres y niños danzaban enloquecidos o caían al suelo como fulminados, y el hombre blanco y sus marineros, reían, mientras mi padre lloraba.

"De pronto oímos hacia el mar dos detonaciones tremendas; eran los cañones de la nave, que tronaban.

"Hombres, mujeres y niños caían como si fuesen bestias feroces. ¡Ah!... ¡Noche horrenda! ¡Si mil años viviese, siempre la recordaría, señor!

—¡Miserable! —exclamó el Corsario, pálido de ira—. ¡Continúa, Yara!

—Mi padre se había atrincherado entre las cabañas de su propiedad, en unión de mis hermanos y de algunos guerreros que no se habían dejado vencer por el agua de fuego de los hombres blancos. Aquellos escasos héroes habían tratado de oponer resistencia al enemigo defendiéndose con el furor que presta la desesperación.

"A las intimaciones que el Duque les hacía que se entregasen, ellos contestaban con nubes de flechas y lanzazos.

"De pronto nuestras cabañas comenzaron a arder: cayeron las vigas y las paredes entre torbellinos de humo; pero mi padre y mis hermanos luchaban todavía con extremo furor. Recuerdo haber oído a mi padre gritar:

—¡Adelante mis guerreros! ¡Matemos al traidor!

"Luego no vi ni oí ya nada. El humo me había hecho caer al suelo casi asfixiada.

"Cuando recobré el sentido, del pueblo no quedaban en pie ni una cabaña, y de todos sus habitantes yo era la única superviviente. Mi padre y mis hermanos habían perecido entre las llamas, a la vista del infame Duque. Sin embargo, más tarde supe que el traidor no había recibido el fruto de aquella horrenda matanza, porque algunos guerreros de una tribu vecina, enterados de sus intenciones, habían tenido tiempo para desviar un río e inundar la caverna del tesoro.

—¿Y quién te salvó? —preguntó el Corsario Negro.

—Un soldado español. Compadecido de mi juventud, se había lanzado entre las llamas, y me salvó de una muerte cierta. Me llevaron como esclava a Veracruz; luego, a Maracaibo, y, por fin, fui donada a D. Pablo de Ribeira. El Duque se había dado cuenta del odio a muerte que yo le profesaba, y, temiendo que acaso algún día me vengara, se apresuró a alejarme. Pero el odio no se extinguió de mi pecho —prosiguió la joven con acento salvaje—.

—¡Vivo para vengar a mi padre, a mis hermanos y a mi tribu! ¿Comprendes, señor?

—Comprendo, Yara...

—Tú me ayudarás a vengarme; ¿no es cierto?

—¡Mi odio es acaso más implacable que el tuyo! —dijo el Corsario sordamente.

—Yo seré tu esclava, señor, porque mi sangre te pertenece.

—¡Te vengaré. Yara! ¡Mi Rayo lleva rumbo a Veracruz!

—¡Gracias, señor! ¡Jamás habrá tenido nadie mayor devoción por ti!

El Corsario lanzó un suspiro y no contestó.



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